martes, 21 de octubre de 2008

Como en casa

Las hojas del calendario caen casi tan velozmente como las hojas envejecidas de los árboles. Poco a poco voy alcanzando un ritmo de rutina que me relaja, que en poco tiempo me hará sentirme definitivamente como en casa.
El sábado fue día de museo y salida. Museo, el de la KGB, que me impresionó, no sólo por la historia que cuenta y que desconocía por completo, sino también por la realidad que conserva en cada una de las celdas del sótano. Visita imprescindible para los que vengan de turismo a Vilnius.
Domingo, día de cine y descanso. Cine, peli española en versión original con subtítulos en lituano. No vaya a ser que se nos olvide el idioma. Peli lenta (La soledad, de Jaime Rosales) donde las haya, pero espectacular en cuanto a resultados: quien la vea que me diga si no consigue empatizar con cualquiera de las protagonistas a través de los dobles planos de cada escena, si no siente el dolor de la madre ante la pérdida del hijo, o la agónica lucha de la otra madre hasta morir.
El tiempo en Vilnius me sigue invitando a la tranquilidad, a la reflexión, a la introspección, como hacía mucho que no necesitaba.

sábado, 11 de octubre de 2008

Toma de contacto

Y rápidamente ha pasado la primera semana en Vilna.
Aterrizamos el viernes 3 de octubre a las 23.10, hora lituana (una hora más que en España) y nos encontramos con una mini recepción en el aeropuerto: Irene, la becaria de la embajada a la que había conocido un par de semanas antes en Madrid, y Ramiro, el agregado comercial de la ofcome y mi jefe a partir de ese momento.
Durante el fin de semana empecé a hacerme con la ciudad, paseando, tomando referencias, viendo los lugares más representativos... también tuve tiempo de probar algunas comidas típicamente lituanas (la pizza entre ellas, pero también el
keptaduona: tiras de pan muy frito, cubiertas de mayonesa y queso fundido, una guarrería típica de las que se te pueden ocurrir cuando no te queda nada en la nevera).
En el trabajo, hasta ahora, no mucho que destacar. La oficina es pequeña, muy acogedora, y los compañeros contribuyen a esa sensación. Desayunamos y comemos todos juntos y realmente el día se pasa sin darme apenas cuenta... también imagino que influye el hecho de que salimos a las 16.30 (nada que ver con las jornadas maratonianas de Vodafone en las que salir a las 19.00 se podía considerar motivo de celebración).
Por las tardes tampoco me ha dado tiempo de mucho: entre buscar piso, encontrarlo, mudarme, hacer compras, y alguna que otra cerve con el resto de la colonia española que anda por aquí... y que es más numerosa de lo que cabía esperar. Ayer mismo, en la recepción que ofreció la Embajada Española con motivo de la celebración del Día de la Hispanidad, pude comprobar la cantidad de españolitos que andamos despistados por esta ciudad... entre erasmus, becarios, personal de la propia Embajada y algún que otro expatriado. Hasta en el súper me encuentro con españoles.
A partir de ahora espero actualizar el blog más a menudo, sobre todo porque si dejo pasar mucho tiempo entre las entradas se me acabará olvidando lo que me pasa... aunque en realidad pasarme no me pasa nada, pero hay tantos pequeños detalles tan diferentes a los que estoy acostumbrada que ahora mismo no sabría por dónde empezar... en facebook hay fotos, las primeras, para que quien quiera se vaya haciendo una idea de cómo es esto. En resumen, espectacular. En mi anterior entrada hablaba del otoño, del otoño en Madrid, pero no podía entonces imaginarme la dimensión que podría alcanzar la palabra
fall en Vilna... aquí sí que hay un manto de hojas allá por donde vayas, aquí sí que se encuentran tonalidades de amarillos, rojos y marrones... aquí sí que se respira romanticismo por todas partes, aunque parece que los autóctonos han perdido la capacidad de sorprenderse por estos pequeños detalles que, a los de fuera, nos invitan a quedarnos en el otoño de Vilna para siempre.